Y ya van treinta juntos.

Tres décadas han pasado. 10.950 días desde la primera vez que vi tu cara. No voy a engañarte. No recuerdo ese día y puede que, ni siquiera, te diera la bienvenida que merecías. Entiende que ¡no quería compartirlos! Hasta entonces habían sido sólo míos pero, pronto, me di cuenta de que ya nunca más estaría sola. ¡Menuda responsabilidad!
Debo hacer memoria para llenar de recuerdos esas tres décadas. Soy la mayor así que, a estas alturas de la vida, ya ando en desventaja en eso de acordarme de lo vivido. Pero hay muchas historias que aún me hacen sonreír. Como cuando venías a buscarme al colegio, de la mano de papá, en zapatillas de estar por casa porque nadie había sido capaz de encontrar tus zapatos. Pronto descubrimos que, como el resto de objetos de la casa, habían sido arrojados por el balcón en esa extraña manía tuya de ver caer cosas desde un séptimo piso. Creo que, esa afición, también la recordará el portero que pasó años pegado a la pared del edificio para evitar tu bombardeo.
También recuerdo que para dormirte había que cantarte. Hasta que aprendiste a hacerlo solo y, oye, aunque nunca sonó muy normal lo del bebé autosuficiente, nos ahorraste varias serenatas. Luego viniste a dormir conmigo y empezaron las peleas por quién quería apagar la luz antes. Era conveniente que yo cayera en manos de Morfeo después de ti, justo antes de que empezaras a hablar dormido o a caminar por la habitación.
Los Reyes Magos han venido muchas veces a casa. En eso hemos tenido mucha suerte amigo. Tenemos una gran familia. ¿Recuerdas el parking que te trajeron aquel año? Yo no me acuerdo de que me regalaron a mi, pero sí de pasarme la mañana entera contigo haciendo caer los coches por sus rampas de manera compulsiva. Después, tu compartiste mis Playmobil y, así, pasábamos las tardes. Cada uno en una esquina de la habitación con su pequeña familia de muñecos. Visitándonos en su casa imaginaria, su piscina imaginaria y su coche imaginario.
¡Y menos mal que no te llamaron Ricardo o Roberto! Tu R era pésima en aquella época. Mucha miel en el paladar y mucho esfuerzo después, hoy podrás celebrar los treinta y pronunciarlos correctamente.
No es fácil olvidar tu adolescencia, en parte, porque creo que no la has abandonado aún. Y tampoco tus primeros engaños que pronto hiciste míos. Tú no lo sabes pero yo, como todos los mayores, te abrí camino. Y formé equipo contigo aunque no me lo pidieras ni tampoco lo quisieras. ¡Bendita rebeldía! Pero eso se lleva en la sangre aunque nos peleáramos. Y nos peleamos… ¡vaya si nos hemos peleado! Y posiblemente de eso… de peleas y desacuerdos… tengamos por delante otras tres décadas más. No somos los únicos. No nos creamos especiales por eso, por que ocurre cuando te quieres. Ocurre con quien más quieres. Pasa cuando no puedes verlo sufrir y te duele cuando se equivoca. Les pasa a quienes son diferentes pero comparten lo más importante de la vida; su origen. Así se quieren los hermanos y yo, aunque no siempre sepa hacerlo bien, te quiero más que a nada en esa vida que compartimos.
¡MUCHÍSIMAS FELICIDADES!

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¿Cuánto vale tu opinión?

Me sobran gurús. Acumulo tantos consejos que ya no sé dónde ponerlos. Y lo peor, no recuerdo haberlos pedido. A estas alturas del mes, ya sé cómo combinaré la ropa de baño este verano. Me lo ha dicho la artista de moda esta temporada. También se cómo maquillarme en los días de entretiempo. Me lo ha contado la presentadora estrella de estos meses. Sé qué debo comer para sentirme mejor, para no envejecer, para guardar la línea, para rendir más en el trabajo… O qué ejercicios le sientan mejor a mi espalda, mi edad, mi cuerpo, mis horarios… Me han dicho ya hasta cómo ordenar los cajones de mi casa para que, ese karma, revierta en la organización de mi vida. O algo similar porque, a ese gurú, quizá, no le entendí del todo. Lo que, por otra parte, no es tan extraño. Estamos expuestos a tantas recomendaciones y recetas de vida que dudo de que nuestro cerebro sea capaz de absorberlas y depositarlas en esos “cajones” que iban a ayudarme a entender mejor la vida.
No se si también os pasa a vosotros, pero yo estoy algo cansada de tanto guía espiritual. Y mi espíritu echo un lío. Porque resulta que, aunque el espíritu es mío, yo hago más caso al resto de espíritus de otros cuerpos que no conozco de nada y a los que les otorgo el don del buen saber sólo por que lo dicen sus seguidores, las revistas o Internet. ¿Por qué creemos más en las opiniones y recomendaciones de auténticos desconocidos que en las nuestras propias?
Fuera de las redes sociales, cuando buscamos ayuda, lo hacemos con profesionales. Y nos aseguramos, además, de que sean los mejores a nuestro alcance. Acudimos a un gimnasio en busca de un entrenador titulado; a un psicólogo con experiencia; a un buen dermatólogo antes de ponernos bajo el ardiente sol del verano; a nuestra dependienta de confianza; a esa amiga que nos dice que ese vestido nos hace culonas o a la farmacéutica para que nos ayude con nuestra astenia primaveral. Eso, en la vida real. La que recorre las calles de nuestro barrio. Sin embargo, zambullidos en Internet, un gurú en mallas puede decirme cuántas sentadillas debo hacer antes de atreverme a meter mi culo en el bikini que, otro gurú instagramer, asegura que será lo más “in” este verano. Siempre y cuando no olvide untarme la crema solar adecuada que, convenientemente, anunció en su post anterior.
Estoy segura de que las redes sociales están llenas de buenos profesionales y de mucha mejor intención. Pero, ese campo es muy grande y nadie lo ha vallado. Con ganas de ayudar, de fama y reconocimiento o, simplemente, empujados por el dinero de las marcas, algunas personas hacen de su opinión un negocio. Y, mientras, algunos ganan, nosotros perdemos capacidad de decisión. Hacemos cosas que hemos hecho toda la vida pero que, ahora lucen otro nombre. ¿Sabéis que ahora ya puedo hacer lo que el agotamiento me ha llevado a hacer durante años porque lo recomiendan los gurús? Puedo hacer ¡nesting! Es decir, que ahora puedo quedarme en casa todo el fin de semana porque resulta que es terapéutico y está de moda. Antes era una aburrida, hoy abandero el slow lifestyle y ¿mañana? Mañana ¡otro gurú dirá! Recordad que, sobre nuestra cabeza, no se asienta el vacío. Que si la levantamos tenemos mucho por ver solos y otro tanto por decidir. Cierto es que, con ayuda, siempre es mejor y más fácil. Pero, si hay que poner un gurú en esta vida, haceros con el título y sed el vuestro propio. Que luego llega aquello de “consejos vendo que para mí no tengo”..

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Sin piedad

Estos últimos días hay una palabra que se ha repetido en todos los informativos, en cada artículo de prensa, en cada tertulia, cada conversación de ascensor con tus vecinos… Todos hemos hablado de la piedad. “Los atropelló sin piedad…” “Aceleró sin piedad…” “Arrastró a toda esa gente sin piedad…”
Esta vez, no ha habido piedad para Londres. Tampoco la hubo para Niza cuando un terrorista sesgó, sin piedad, la vida de 85 personas. Ni en París, dónde tampoco sonó la piedad en la sala Bataclán. No ha habido piedad en el aeropuerto de Bruselas. No la ha habido en el peor día de la vida de muchísima gente. No hubo piedad para los muertos ni les ha quedado a sus vivos.
Pero, ¿de dónde viene la piedad? ¿Alguien lo sabe? ¿Viene del cielo? ¿De dios? Y si es así, ¿de qué dios? Parece que todos sabemos usarla sobre un papel y en una frase, en la teoría, pero no sé si la practicamos.
Dice el diccionario que es un sentimiento de compasión, clemencia o misericordia. Sin saberlo, o sin quererlo, casi todos asociamos ese sentimiento a la práctica de alguna religión. Y, por eso, he intentado buscar respuesta en la religión. He probado con el Cristianismo y he encontrado su significado en la Biblia. Reza el texto que la piedad “es una acción que practicó Jesús con los hombres”. Quizá los hombres olvidamos después practicarla entre nosotros mismos.
También la he buscado en el Islam. Dice el Corán que “piadosos son aquellos que hacen caridad, que reprimen su cólera, que indultan al prójimo…” Piedad es “moderar el comportamiento, contener la rabia y la ira”.
La he buscado en todas las religiones de las que me he acordado. Y, en todas, la piedad tiene que ver con la benevolencia.
Da igual los textos en los que aparezca y los dioses que la impartan. Yo no creo que la piedad sea cosa de un dios ni de una divinidad. Sí creo que, la falta de ella, es cosa del hombre. Es culpa nuestra. El hombre que es, sin duda, un demonio para sí mismo. Porque el asesinato es la mayor de las traiciones a los derechos humanos. Derechos que luchamos y construimos entre todos. Derechos que no entienden de fronteras, territorios ni religiones. No los envolvamos nosotros en banderas y en creencias sólo por no ser capaces de asumir que es cosa del hombre. No miremos al cielo. No le pidamos piedad a personas que olvidaron que lo son. No hay rezo para curar a la humanidad y recuperar su piedad. Porque es el ser humano quién dejó de practicar esa piedad hace ya mucho tiempo.

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De cuando no hay ceros porque no hay dieces.

Desde que nos ponen nuestra primera bata de cuadros el primer día de colegio hasta la universidad, nuestra vida puede plasmarse en un cuadricula de notas. Del cero al diez aprendes a escribir, a leer, a sumar, a relacionarte con el resto de compañeros… Tus dibujos pueden ser regulares, tu trigonometría excelente y, además, evolucionar favorablemente en los idiomas. Eres apto para entrar en un curso y, a veces, necesitas mejorar en gimnasia. Muy bien o muy mal. Te lo dicen millones de veces al día, en cada paso que das.
Desde que naces hasta que eres adulto. No hasta que lo dice tu DNI, hasta que realmente lo eres. Y, cuando lo eres, esas constantes muestras de aprobación desaparecen. ¡¡Ay amigos!! Hay un día en el que puede que añores el 4,5 que antes te hizo odiar las matemáticas pero que, ahora, podría señalarte el camino: no vas mal Laila, pero necesitas mejorar. Porque ahora, ¿ahora qué? Ahora no hay nada…
En el mundo adulto no existen las aprobaciones. Ya nadie te las da. Ni en el trabajo, ni en casa, ni tampoco la familia. Y, sin embargo, todos las necesitamos oír. Porque nos han enseñado a avanzar según nos puntuaban nuestros avances. Nuevo avance, nueva puntuación. Pero, un día, te quitan esa puntuación y tú debes seguir avanzando ¿y cómo sabes que vas por buen camino, que tu proyecto en el trabajo es bueno, que tu relación amorosa avanza bien o que tus esfuerzos por algo alcanzan ese algo? De repente, tu cuadrícula de notas se esfuma y se vuelve una hoja en blanco.
Es una de las dificultades de crecer. No todos somos conscientes del cambio, no de inmediato, pero sí de las consecuencias. Así nacen muchas de nuestras inseguridades. Nuestros adultos; es decir nuestros jefes, parejas, amigos, no suelen manifestarse para lo positivo pero sí para las críticas. Nuestros superiores no dicen “muy trabajo hoy, sigue así, esto está muy bien” o “me gusta tu nuevo estilo”. Eso ya se da por supuesto. Pero sí manifiestan sus críticas. He ahí una de las mayores dificultades de la vida. Aprender a caminar sin que puntúen nuestros buenos pasos pero señalen nuestras caídas. Ya no hay vuelta atrás. No hay camino de retorno al cuadernillo de notas. Tampoco podemos engañar a nuestro “cuadernillo” y cambiarlo por las redes sociales. No podemos hacer que cada like, cada corazón o cada buen comentario en una foto sean nuestros nuevos aptos. Buscamos la aprobación 2.0 para poder caminar con seguridad en la vida de una sola dimensión. Pero eso no es real. No pueden puntuarnos personas que no nos conocen. Ni a nosotros ni a nuestro punto de partida en esta carrera de aprendizaje que es la vida. Las redes sociales son divertidas, curiosas y una gran herramienta de comunicación pero no de validación.
Llega el momento de aprobarnos nosotros mismos. Nadie te dice nunca cuando llega ese momento pero, si estáis leyendo esto y os corroen las inseguridades, debéis saberlo: ha llegado el momento de daros un diez (para bajar de nota siempre estaremos a tiempo) y avanzar. Y si os sentís mal un día o una semana, algo así como un dos y medio en el famoso cuadernillo, no dejéis que nadie os diga que no debéis sentiros así. Somos adultos. Somos nuestros propios profesores de la vida. Y ya sabéis lo que dicen: a cada maestrillo su cuadernillo. O algo así…

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Del otro Mobile World Congress

El majestuoso congreso ha invadido estos días Barcelona. Quizá penséis que estoy exagerando o que es una forma de hablar. No, no.. ¡Es que nos ha engullido! Seis días en los que el metro has estado atestado de ejecutivos con su ajustado traje y su inconfundible acreditación colgada del cuello. Alguien debería decirles que no abre las puertas de la ciudad, así que no es necesario llevarla puesta las veinticuatro horas del día. Incluso sin ella, señores, no hay confusión posible; ¡son del Mobile!
La ciudad se llena de sus furgonetas negras con cristales tintados. Recién salido el sol, ellos ponen las calles móvil en mano y, me consta, que también las quitan, aunque, para entonces, hayan cambiado su inseparable teléfono por un gintónic y la compañía de una señorita puede que hasta más cara que su celular.
El Mobile World Congress llega una semana al año pero trae consigo dos congresos distintos. Uno es ¡imposible no verlo! Se anuncia en cada farola y cada marquesina de Barcelona y abre sus enormes puertas a ocho interminables pabellones. Nos sitúa en el mapa. A la cabeza del desarrollo, la investigación y ¡no se cuántas cosas más! Genera cantidades económicas difícilmente imaginables y 13.000 puestos de trabajo que, cierto es, sólo duran una semana. Conste que eso no lo critico. Debemos mantener el Mobile en Barcelona pero hay cosas que cambiar y debemos cambiarlas ya. Cosas que no se ven hasta que uno no recorre sus entrañas.
Cuando recorres sus pasillos tan sólo ves trajes masculinos. Todos los ejecutivos que envían las marcas más destacadas de telefonía ¡son hombres! No se preocupen, las mujeres son cosa nuestra señores. Ya las ponemos nosotros; son ¡las azafatas! Raro, por no decir milagroso, es el stand que tiene a una mujer como directora ejecutiva. Eso sí, siempre va a recibirte una mujer con su hermosa sonrisa y, con ella, llamará al jefe para que te atienda. Me consta que ofrecemos azafatos pero las marcas no los quieren. Las mujeres son las curvas del Mobile. Y no son las únicas curvas.. Los clubs de alterne, erótica shows y prostíbulos se llenan todas las noches. Repleto el local ¡rebosante la caja! No se, quizá en otros países, lo tradicional para recibir la inspiración, sea debatir en tanga. Esa podría ser la razón de que los móviles de ahora sean tan pequeñitos.
Los hoteles más conocidos de la ciudad reservan sus mejores salas para los ejecutivos del Mobile. No os confundáis. No están reservadas para reuniones o debates. Lo están para fiestas. ¡Ojo! Aquí sí contratan a mujeres. A las mejores de hecho. A las mejores gogós, bailarinas, camareras y strepears.
Puede que, lo que no les guste sean las mujeres con traje ni siquiera como uniforme. Porque ¿sabéis dónde tampoco contratan mujeres? En el servicio de chóferes que trasladan a los representantes del hotel al congreso y del congreso, a veces, de vuelta “sólo” al hotel. Las firmas quieren hombres al volante. No deben fiarse de las manos de una mujer, al menos no guiando un Mercedes. Otra cosa es recorriéndoles el cuerpo, entonces sí. No me mal interpretes (o sí). Me refiero a dándoles masajes. En varios Spa y centros estéticos de la ciudad no puedes reservar cita esa semana porque, esos días, tan sólo están disponibles para “los del Mobile”.
El Mobile World Congress brilla muchísimo pero ¡que no os deslumbre! Porque si la industria es capaz de avanzar a pasos agigantados para presentar lo último de lo último en tecnología, aplicaciones y materiales, deberíamos exigirle a esa misma industria que avance al mismo ritmo en derechos. Que mi teléfono hable y se sumerja en el mar está muy bien pero, lo que sería realmente maravilloso, es que, la acreditación de ejecutiva también cuelgue del cuello de una mujer en el Mobile.

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Gate number in 5 minutes…

Y son los cinco minutos más largos de tu historia.. ¡Porque no son ciertos! Nunca son cinco minutos, ni siquiera diez o quince.. Es una ilusión óptica. En el panel siempre aparecerá esa cifra pero, en la vida real, en la que avanza al ritmo de las agujas del reloj ¡jamás sabremos el tiempo que deberemos esperar! Aguardaremos en el limbo del tiempo perdido y hallado en el aeropuerto.

Cuando por fin aparece la puerta de embarque de tu vuelo, tú y un atronador sentir de ruedas y maletas, os dirigís hacia ella con la ilusión de empezar el ansiado viaje pero, no resultará tan fácil como en las fotos de las ofertas de internet que os han llevado hasta la ansiada puerta de embarque.

Llegáis allí. La cinta se abre, se aprecia el avión y ¡sólo puedes puedes subir con una bolsa! ¡Sin añadir el bolso de mano! Ya sabéis, el que llevamos las mujeres con nuestro monedero, las llaves, la documentación.. Ese es el momento en que te gustaría recordarles que viajas a Amsterdam en pleno invierno y no hay forma humana de meter toda la lana necesaria para tan bajas temperaturas en una minúscula bolsa de mano y, por si fuera poca presión, añadir, además, tu bolso dentro. ¡Resultaría más fácil subir a la oveja con el bolso colgado al hombro!

Tus derechos no existen. Su avión su país. La monarquía del aparato se extiende desde la cola de facturación hasta la del embarque. La Constitución de su pequeño territorio con alas la han inventado ellos y atenta contra la mayoría de nuestros derechos. Su técnica no falla y la aplican hasta la saciedad. Su respuesta a tus peticiones es siempre la misma. Un no en cualquier mostrador a base del ya conocido “vaya usted allí”, “hablé con el responsable”, ”escriba a tal sección”… Dejando que el desgaste de recorrer pasillos acabe con nuestra paciencia y con nuestros derechos.

Recuerdo que, en mi último vuelo, no me dejaban subir la maleta de cabina y mi minúsculo bolso al mismo tiempo. En la cola de embarque la azafata no paraba de repetirme: “sólo un bulto”. Sin atender a más razones de las que, a ellas mismas, les obliga la aerolínea. Pero la paradoja hizo que, en ese mismo momento, por megafonía recordarán que sólo puede subirse un bulto y, ojo a la contradicción, ¡una bolsa del Duty Free! A ver si lo entiendo.. ¿Si compro algo sí puedo subirlo al avión junto a mi equipaje de mano porque su peso no computa y, sin embargo, mi bolso desestabilizaría al mismísimo Air Force One? Bueno, pues hecha la ley hecha la trampa. Denme una bolsa del Duty Free y meteré mi bolso dentro. No voy a ceder por agotamiento señores. Es bajo coste no gratis. Pago, luego exijo. Los pasajeros no podemos aceptar vuelos retrasados, falta de personal, restricciones sin base operativa, cancelaciones.. Cada año se pierden millones de euros en reclamaciones que nunca ponemos para evitarnos los fárragos trámites. Por eso, y por que nos han hecho creer que no tenemos esos derechos. ¡Pero los tenemos!

Todos hemos sufrido la dictadura del “cansinismo aéreo” que acaba con esa extraña costumbre en forma de carrito de ventas. Ese momento, antes de aterrizar, en el que el personal vende bolígrafos con el logo de la aerolínea, un neceser con su marca.. Y la estrella del vuelo: el modelo de avión en el que tú viajas ¡de juguete!.. ¿Será porque en la réplica caben los mismos derechos que en el aparato en que tú estás viajando?

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No contrasté el dolor pero sé que existe

Yo tenía 21 años. Ella unos ocho. Morena, delgada, con la mirada algo perdida pero una eterna sonrisa. Le costaba mantenerse en pie porque sus articulaciones estaban rígidas y, sin embargo, era capaz de doblarlas, con fuerza, para dar uno de los mejores abrazos de mi vida. Tenía ocho años y sufría el Síndrome San Filippo. Fue mi primer reportaje como becaria. Han pasado más de diez años y aún me acuerdo de ella. Muchas veces regresa a mi memoria y a mi piel. Era la primera vez que hacía algo importante en esta profesión y, entre los nervios y la inexperiencia, cometí el error de no guardarme su contacto. No he vuelto a verla pero no he olvidado sus ojos ni la dolorosa realidad que me contaron sus padres; su esperanza de vida era muy corta. Su enfermedad es cruel y ya casi tenía más fuerza que ella. Me gusta pensar que dobló sus brazos, con la dificultad de unas articulaciones dañadas, para hacerle un buen corte de mangas a la enfermedad. Pero, lo cierto es que no sé si alcanzó a hacerlo y si sigue sonriendo cada vez que mira a sus padres.
Estos días me he acordado mucho de ella. Creía verla en los ojos de Nadia. Probablemente, porque de sus ojos brillaba la misma inocencia. La inocencia que sufre pero no se queja. La inocencia que aguanta sin entender lo que pasa. La inocencia que puede robarnos a todos el corazón. Pero, alguien le robó a ella su inocencia y, al resto, su dinero. Tus padres Nadia te dañaron casi más que tu propia enfermedad y dañaron a tantos niños que, enfermos como tú, tratan de salir adelante con una sonrisa y con la esperanza que, sus padres, les llevan cada noche a su cama. Tus padres no sólo robaron dinero pequeña. Tus padres robaron algo que cuesta mucho más de recuperar; se llevaron algo que cuesta mucho más de reponer. Se llevaron la confianza. No sólo nos engañaron a nosotros, los medios, engañaron a todo su pueblo, a los padres de tus compañeros de colegio, a tus vecinos… Gente que montó partidos benéficos, imprimió papeletas, cocinó para las galas, compró tus libros.. Todo para ayudarte. Querida Nadia, hay tantos niños como tú a los que tus padres les han robado lo único que tenían: la confianza del resto. La solidaridad es el único fármaco que les queda y, la esperanza, la única cuenta a la que se aferran esos padres. Los tuyos te quieren. Creo que esa debe de ser la única verdad en toda esa historia pero han provocado un daño irreparable que mil condenas y cientos de indemnizaciones no podrán cerrar.
No tengo un ego tan grande como para que me duela más el pensar que nos engañasteis. Aunque sí, nos la colasteis a todos los medios. Pero, ni de lejos es eso lo que más me molesta. Me duelen el resto de niños. Los periodistas no contrastamos el dolor porque asumimos que existe. Lo hemos visto en otros padres. Otras familias que esperaban las navidades con más ansia que sus hijos porque, es en estas fechas, cuando llegan las donaciones. Como un regalo más, como el mejor de los regalos para centenares de asociaciones que esperan las navidades para recoger aquel dinero que deberán administrar el resto del año para que dé sus frutos: investigación.
No contrasté el dolor de tus padres Nadia porque sé que existe. Como otros padres lo sufren ahora y quizá multiplicado por el temor a perder esas donaciones. En algo no nos engañaron, la enfermedad existe. La tuya y la de muchos otros pequeños. Recordadlo y no dejéis que os roben también la confianza. Muchos siguen necesitándonos.

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