Los lunes entre derechos

Mañana es lunes y hay que volver al trabajo. Es lo habitual. Sí. Es lo que se hace todos los lunes, al menos, todos los que vienen después de las vacaciones de verano. Pero, el lunes de mañana, no es tan habitual. Los que nos dedicamos a este oficio de informar saldremos de nuevo a la calle para dar cuenta de una semana muy complicada en Cataluña. En mi tierra, en mi casa. Porque eso se les olvida a algunos. A aquellos que, a gritos, estos días, me recomiendan que “me vuelva a mi país”cuando me ven micro en mano. Poco saben que eso se solucionaría con un simple billete de metro porque ya estoy en él. Yo también soy catalana. Ni más catalana ni menos catalana que aquellos que me lo gritan.
No son todos, ni mucho menos. Pero, esos pocos, hacen mucho daño al resto amparándose en el derecho a la libertad de expresión. Bajo ese paraguas deciden ponérnoslo un poco más difícil a los que trabajamos en la calle. Sin conocernos. Sin saber nada de nosotros porque ninguno llevamos junto a nuestro micro el carnet de afiliado a absolutamente nada. Habrá compañeros que compartan unas ideas, otros defiendan las contrarias pero, todos, hacemos juntos el mismo trabajo. Nuestras propias ideas no nos separan para trabajar en la calle como tampoco lo hacen los logos que llevan nuestros equipos y nuestros micros. Porque cuando nos ponemos al lío el “yo” se cambia por “ustedes”. Ustedes que nos leen, que nos escuchan o ustedes que nos ven…
La libertad de expresión no puede enfrentarse a la libertad de prensa. Un derecho no prevalece sobre el otro, no en democracia. No en la democracia por la que tanto y tantos han luchado.
Por eso, mañana no es un lunes cualquiera. Porque habrá quién me ponga delante dos papeletas; la de la libertad de expresión y la de la libertad de prensa en dos cestas distintas, cómo si, al ejercer mi trabajo, silenciara la primera libertad. Seguro que puedo mejorar y seguro que me he equivocado mil veces desempeñando este trabajo. Pero jamás he olvidado que, justo enfrente de mí, junto a la cámara a la que miro y me dirijo, se encuentra la libertad de expresión. Otra cosa sería la opinión. La que cada uno tenga de mí y de mis crónicas. Esa no puedo cambiarla por mucho que lo haya intentado ya otros lunes. Se que éste tampoco lo lograré. Tendré la misma situación que tuve haciendo el directo sobre esta escalera. El punto de vista es mejor… ustedes lo ven mejor.. pero hay que hacer equilibrios para no caerse.

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Gracias

Podría dejarlo aquí. En una palabra. En siete letras. GRACIAS.
Podría escribirla, sin cesar, una y otra vez, hasta borrarla y desgastar esas siete letras. Por mucho que pueda añadir, nada tendrá más sentido que GRACIAS.
El agradecimiento es hoy el único sentimiento que acompaña al dolor de estos días. Al dolor que siente mi barrio, las caras con las que me cruzo cada tarde al volver al trabajo atajando por las Ramblas, a las que he visto, por primera, vez estos días, a un mercado, el de la Boquería, que sigue lleno de gente pero que suena más vacío que nunca desde que les falta Silvina…
No se puede más que darle las gracias a toda esa gente que se ha levantado rápido para ayudar. A los que corrieron para atender a los heridos, a los que olvidaron el miedo para resguardar a la gente en sus negocios y a los que sacaron una humanidad infinita para quedarse junto a los que se iban y acompañarlos para que no marcharan solos. Es difícil olvidar como se aferraba Harry a un pequeño en el suelo de las Ramblas. Ya le había tomado el pulso. Ya sabía que no estaba. Y, aún así, y pese al riego que corría, Harry decidió quedarse a su lado. Nada podrá jamás sanar a esos padres pero quizá les reconforte saber que su pequeño no estuvo solo.
Hay que darnos las gracias por levantarnos de inmediato y decir NO: NO tengo miedo, NO nos cambiaréis y NO nos derrumbaréis. La herida es grande. Duele y dolerá, no hay que engañarnos, pero cicatrizará como nosotros queramos sellarla.
Estoy realmente orgullosa de mi gente, mi barrio, de mis turistas, de mis anónimos, de mis fuerzas de seguridad, de mis servicios de emergencia… De todos los que curan la herida para que pueda cicatrizar. A todos ellos les doy las gracias.
¿Sabéis si las gracias pueden retirarse? ¿Se puede ejercer el derecho a no dar las gracias? Quiero inaugurarlo. No puedo dar las gracias a nuestros políticos que no han sabido olvidar su papel de opositores y han mantenido una guerra en la que se han olvidado de guardar el respeto que merecen las víctimas. Se han blandido banderas en nombre de no sabemos qué ni quién y, entre todos, han tratado de pasarse la responsabilidad de lo ocurrido. Y, según avanzan los días, esta situación empeora y se arroja el “tú más” por encima de víctimas y heridos. Me avergüenzan. Los ciudadanos han sabido estar a la altura tanto, que han rebasado a la de quiénes eligieron para que les representarán. Sí, para que les representarán también en estas situaciones.
Tampoco puedo olvidarme del ego que, a veces, crece en la profesión en estos casos. Me da cierta rabia las constantes “autofelicitaciones” de algunos periodistas por “el trabajo bien hecho”. No espero menos de nosotros mismos compañeros. Si alguien pone una mano sobre el hombro de otro estos días, por favor, que sea de apoyo y no una palmadita de elogio. Gracias.

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A un tacón del suelo

Se puede ser feminista a un tacón del suelo. Se pueden defender esos derechos pisando, con fuerza, sobre 12 centímetros. Se puede. No es que lo crea o lo anhele, es que lo se. Lo se porque yo piso, con esa misma fuerza, sobre esos tacones. Yo me pateo la calle subida a ellos sin perder de vista, en ningún momento, los valores que me definen y los que quiero defender paso a paso.
Porque nadie me obligó a ponermelos. Me los he puesto libremente como, libremente, elijo qué cualidades y aptitudes capitanearán mi vida.
Porque eso es el feminismo; la libertad. La libertad que reclamamos para nosotras y que debemos respetar en las otras. La libertad para ser como queramos ser, para pedir, para luchar, para reclamar lo que ansiamos… La libertad para elegir libremente qué y cómo queremos ser. Nosotras y el resto.
Luego, no tiene sentido que, otra mujer, coarte mi libertad para vestir como guste, para arreglarme, para cambiar algo de mi cuerpo y hacer lo que me de la real gana con él. Porque yo lo he decidido, yo lo deseo y, porque, no debería importarle a nadie más que a mí. Cómo tampoco tiene sentido que señalemos a otras mujeres que han decidido someterse a un tratamiento o una operación estética. Menos aún bajo la máscara de esas misma operación de estética que también se hicieron quiénes la critican pero que, jamás reconocerán para que nadie las expulse del selecto club de quién puede o no reclamar el derecho al feminismo. Esto está ocurriendo. Columnas de mujeres que critican la delgadez de otras, sus pechos, su forma de vestir… Que las tachan de mujeres objeto doblegadas al hombre sin saber absolutamente nada de su vida. Y, lo que es peor, con un aspecto totalmente diferente al de hace unos años porque, ellas, también han mejorado su rostro o su pecho pero lo ocultan bajo el burka de la dignidad feminista. El mismo que le da las armas para señalar cómo otras mujeres no aceptan el paso del tiempo y, sin embargo, ellas sí porque ellas no cedieron al heteropatriarcado. Otra cosa es lo que dicen, en secreto, sus cirujanos.
Esta guerra absurda entre la que es, y la que no es, no puede más que dividir a las tropas llevando al enemigo a casa. Y eso, de verdad, que no lo entiendo. Si yo quiero ponerme un vestido, un escote, un labial rojo y bótox es, exclusivamente, mi decisión no sometida a un juicio y a una opinión que nunca pedí. Mi vida, mi decisión. Y, esa decisión, no me hace ser una mujer menos mujer y menos luchadora. No me convierte en un objeto de nadie. Porque el tamaño de mi falda o el de mi escote no tiene nada que ver con el tamaño de mi cerebro y, mucho menos, con el tamaño de mis valores.

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Y ya van treinta juntos.

Tres décadas han pasado. 10.950 días desde la primera vez que vi tu cara. No voy a engañarte. No recuerdo ese día y puede que, ni siquiera, te diera la bienvenida que merecías. Entiende que ¡no quería compartirlos! Hasta entonces habían sido sólo míos pero, pronto, me di cuenta de que ya nunca más estaría sola. ¡Menuda responsabilidad!
Debo hacer memoria para llenar de recuerdos esas tres décadas. Soy la mayor así que, a estas alturas de la vida, ya ando en desventaja en eso de acordarme de lo vivido. Pero hay muchas historias que aún me hacen sonreír. Como cuando venías a buscarme al colegio, de la mano de papá, en zapatillas de estar por casa porque nadie había sido capaz de encontrar tus zapatos. Pronto descubrimos que, como el resto de objetos de la casa, habían sido arrojados por el balcón en esa extraña manía tuya de ver caer cosas desde un séptimo piso. Creo que, esa afición, también la recordará el portero que pasó años pegado a la pared del edificio para evitar tu bombardeo.
También recuerdo que para dormirte había que cantarte. Hasta que aprendiste a hacerlo solo y, oye, aunque nunca sonó muy normal lo del bebé autosuficiente, nos ahorraste varias serenatas. Luego viniste a dormir conmigo y empezaron las peleas por quién quería apagar la luz antes. Era conveniente que yo cayera en manos de Morfeo después de ti, justo antes de que empezaras a hablar dormido o a caminar por la habitación.
Los Reyes Magos han venido muchas veces a casa. En eso hemos tenido mucha suerte amigo. Tenemos una gran familia. ¿Recuerdas el parking que te trajeron aquel año? Yo no me acuerdo de que me regalaron a mi, pero sí de pasarme la mañana entera contigo haciendo caer los coches por sus rampas de manera compulsiva. Después, tu compartiste mis Playmobil y, así, pasábamos las tardes. Cada uno en una esquina de la habitación con su pequeña familia de muñecos. Visitándonos en su casa imaginaria, su piscina imaginaria y su coche imaginario.
¡Y menos mal que no te llamaron Ricardo o Roberto! Tu R era pésima en aquella época. Mucha miel en el paladar y mucho esfuerzo después, hoy podrás celebrar los treinta y pronunciarlos correctamente.
No es fácil olvidar tu adolescencia, en parte, porque creo que no la has abandonado aún. Y tampoco tus primeros engaños que pronto hiciste míos. Tú no lo sabes pero yo, como todos los mayores, te abrí camino. Y formé equipo contigo aunque no me lo pidieras ni tampoco lo quisieras. ¡Bendita rebeldía! Pero eso se lleva en la sangre aunque nos peleáramos. Y nos peleamos… ¡vaya si nos hemos peleado! Y posiblemente de eso… de peleas y desacuerdos… tengamos por delante otras tres décadas más. No somos los únicos. No nos creamos especiales por eso, por que ocurre cuando te quieres. Ocurre con quien más quieres. Pasa cuando no puedes verlo sufrir y te duele cuando se equivoca. Les pasa a quienes son diferentes pero comparten lo más importante de la vida; su origen. Así se quieren los hermanos y yo, aunque no siempre sepa hacerlo bien, te quiero más que a nada en esa vida que compartimos.
¡MUCHÍSIMAS FELICIDADES!

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¿Cuánto vale tu opinión?

Me sobran gurús. Acumulo tantos consejos que ya no sé dónde ponerlos. Y lo peor, no recuerdo haberlos pedido. A estas alturas del mes, ya sé cómo combinaré la ropa de baño este verano. Me lo ha dicho la artista de moda esta temporada. También se cómo maquillarme en los días de entretiempo. Me lo ha contado la presentadora estrella de estos meses. Sé qué debo comer para sentirme mejor, para no envejecer, para guardar la línea, para rendir más en el trabajo… O qué ejercicios le sientan mejor a mi espalda, mi edad, mi cuerpo, mis horarios… Me han dicho ya hasta cómo ordenar los cajones de mi casa para que, ese karma, revierta en la organización de mi vida. O algo similar porque, a ese gurú, quizá, no le entendí del todo. Lo que, por otra parte, no es tan extraño. Estamos expuestos a tantas recomendaciones y recetas de vida que dudo de que nuestro cerebro sea capaz de absorberlas y depositarlas en esos “cajones” que iban a ayudarme a entender mejor la vida.
No se si también os pasa a vosotros, pero yo estoy algo cansada de tanto guía espiritual. Y mi espíritu echo un lío. Porque resulta que, aunque el espíritu es mío, yo hago más caso al resto de espíritus de otros cuerpos que no conozco de nada y a los que les otorgo el don del buen saber sólo por que lo dicen sus seguidores, las revistas o Internet. ¿Por qué creemos más en las opiniones y recomendaciones de auténticos desconocidos que en las nuestras propias?
Fuera de las redes sociales, cuando buscamos ayuda, lo hacemos con profesionales. Y nos aseguramos, además, de que sean los mejores a nuestro alcance. Acudimos a un gimnasio en busca de un entrenador titulado; a un psicólogo con experiencia; a un buen dermatólogo antes de ponernos bajo el ardiente sol del verano; a nuestra dependienta de confianza; a esa amiga que nos dice que ese vestido nos hace culonas o a la farmacéutica para que nos ayude con nuestra astenia primaveral. Eso, en la vida real. La que recorre las calles de nuestro barrio. Sin embargo, zambullidos en Internet, un gurú en mallas puede decirme cuántas sentadillas debo hacer antes de atreverme a meter mi culo en el bikini que, otro gurú instagramer, asegura que será lo más “in” este verano. Siempre y cuando no olvide untarme la crema solar adecuada que, convenientemente, anunció en su post anterior.
Estoy segura de que las redes sociales están llenas de buenos profesionales y de mucha mejor intención. Pero, ese campo es muy grande y nadie lo ha vallado. Con ganas de ayudar, de fama y reconocimiento o, simplemente, empujados por el dinero de las marcas, algunas personas hacen de su opinión un negocio. Y, mientras, algunos ganan, nosotros perdemos capacidad de decisión. Hacemos cosas que hemos hecho toda la vida pero que, ahora lucen otro nombre. ¿Sabéis que ahora ya puedo hacer lo que el agotamiento me ha llevado a hacer durante años porque lo recomiendan los gurús? Puedo hacer ¡nesting! Es decir, que ahora puedo quedarme en casa todo el fin de semana porque resulta que es terapéutico y está de moda. Antes era una aburrida, hoy abandero el slow lifestyle y ¿mañana? Mañana ¡otro gurú dirá! Recordad que, sobre nuestra cabeza, no se asienta el vacío. Que si la levantamos tenemos mucho por ver solos y otro tanto por decidir. Cierto es que, con ayuda, siempre es mejor y más fácil. Pero, si hay que poner un gurú en esta vida, haceros con el título y sed el vuestro propio. Que luego llega aquello de “consejos vendo que para mí no tengo”..

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Sin piedad

Estos últimos días hay una palabra que se ha repetido en todos los informativos, en cada artículo de prensa, en cada tertulia, cada conversación de ascensor con tus vecinos… Todos hemos hablado de la piedad. “Los atropelló sin piedad…” “Aceleró sin piedad…” “Arrastró a toda esa gente sin piedad…”
Esta vez, no ha habido piedad para Londres. Tampoco la hubo para Niza cuando un terrorista sesgó, sin piedad, la vida de 85 personas. Ni en París, dónde tampoco sonó la piedad en la sala Bataclán. No ha habido piedad en el aeropuerto de Bruselas. No la ha habido en el peor día de la vida de muchísima gente. No hubo piedad para los muertos ni les ha quedado a sus vivos.
Pero, ¿de dónde viene la piedad? ¿Alguien lo sabe? ¿Viene del cielo? ¿De dios? Y si es así, ¿de qué dios? Parece que todos sabemos usarla sobre un papel y en una frase, en la teoría, pero no sé si la practicamos.
Dice el diccionario que es un sentimiento de compasión, clemencia o misericordia. Sin saberlo, o sin quererlo, casi todos asociamos ese sentimiento a la práctica de alguna religión. Y, por eso, he intentado buscar respuesta en la religión. He probado con el Cristianismo y he encontrado su significado en la Biblia. Reza el texto que la piedad “es una acción que practicó Jesús con los hombres”. Quizá los hombres olvidamos después practicarla entre nosotros mismos.
También la he buscado en el Islam. Dice el Corán que “piadosos son aquellos que hacen caridad, que reprimen su cólera, que indultan al prójimo…” Piedad es “moderar el comportamiento, contener la rabia y la ira”.
La he buscado en todas las religiones de las que me he acordado. Y, en todas, la piedad tiene que ver con la benevolencia.
Da igual los textos en los que aparezca y los dioses que la impartan. Yo no creo que la piedad sea cosa de un dios ni de una divinidad. Sí creo que, la falta de ella, es cosa del hombre. Es culpa nuestra. El hombre que es, sin duda, un demonio para sí mismo. Porque el asesinato es la mayor de las traiciones a los derechos humanos. Derechos que luchamos y construimos entre todos. Derechos que no entienden de fronteras, territorios ni religiones. No los envolvamos nosotros en banderas y en creencias sólo por no ser capaces de asumir que es cosa del hombre. No miremos al cielo. No le pidamos piedad a personas que olvidaron que lo son. No hay rezo para curar a la humanidad y recuperar su piedad. Porque es el ser humano quién dejó de practicar esa piedad hace ya mucho tiempo.

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De cuando no hay ceros porque no hay dieces.

Desde que nos ponen nuestra primera bata de cuadros el primer día de colegio hasta la universidad, nuestra vida puede plasmarse en un cuadricula de notas. Del cero al diez aprendes a escribir, a leer, a sumar, a relacionarte con el resto de compañeros… Tus dibujos pueden ser regulares, tu trigonometría excelente y, además, evolucionar favorablemente en los idiomas. Eres apto para entrar en un curso y, a veces, necesitas mejorar en gimnasia. Muy bien o muy mal. Te lo dicen millones de veces al día, en cada paso que das.
Desde que naces hasta que eres adulto. No hasta que lo dice tu DNI, hasta que realmente lo eres. Y, cuando lo eres, esas constantes muestras de aprobación desaparecen. ¡¡Ay amigos!! Hay un día en el que puede que añores el 4,5 que antes te hizo odiar las matemáticas pero que, ahora, podría señalarte el camino: no vas mal Laila, pero necesitas mejorar. Porque ahora, ¿ahora qué? Ahora no hay nada…
En el mundo adulto no existen las aprobaciones. Ya nadie te las da. Ni en el trabajo, ni en casa, ni tampoco la familia. Y, sin embargo, todos las necesitamos oír. Porque nos han enseñado a avanzar según nos puntuaban nuestros avances. Nuevo avance, nueva puntuación. Pero, un día, te quitan esa puntuación y tú debes seguir avanzando ¿y cómo sabes que vas por buen camino, que tu proyecto en el trabajo es bueno, que tu relación amorosa avanza bien o que tus esfuerzos por algo alcanzan ese algo? De repente, tu cuadrícula de notas se esfuma y se vuelve una hoja en blanco.
Es una de las dificultades de crecer. No todos somos conscientes del cambio, no de inmediato, pero sí de las consecuencias. Así nacen muchas de nuestras inseguridades. Nuestros adultos; es decir nuestros jefes, parejas, amigos, no suelen manifestarse para lo positivo pero sí para las críticas. Nuestros superiores no dicen “muy trabajo hoy, sigue así, esto está muy bien” o “me gusta tu nuevo estilo”. Eso ya se da por supuesto. Pero sí manifiestan sus críticas. He ahí una de las mayores dificultades de la vida. Aprender a caminar sin que puntúen nuestros buenos pasos pero señalen nuestras caídas. Ya no hay vuelta atrás. No hay camino de retorno al cuadernillo de notas. Tampoco podemos engañar a nuestro “cuadernillo” y cambiarlo por las redes sociales. No podemos hacer que cada like, cada corazón o cada buen comentario en una foto sean nuestros nuevos aptos. Buscamos la aprobación 2.0 para poder caminar con seguridad en la vida de una sola dimensión. Pero eso no es real. No pueden puntuarnos personas que no nos conocen. Ni a nosotros ni a nuestro punto de partida en esta carrera de aprendizaje que es la vida. Las redes sociales son divertidas, curiosas y una gran herramienta de comunicación pero no de validación.
Llega el momento de aprobarnos nosotros mismos. Nadie te dice nunca cuando llega ese momento pero, si estáis leyendo esto y os corroen las inseguridades, debéis saberlo: ha llegado el momento de daros un diez (para bajar de nota siempre estaremos a tiempo) y avanzar. Y si os sentís mal un día o una semana, algo así como un dos y medio en el famoso cuadernillo, no dejéis que nadie os diga que no debéis sentiros así. Somos adultos. Somos nuestros propios profesores de la vida. Y ya sabéis lo que dicen: a cada maestrillo su cuadernillo. O algo así…

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