De cuando no hay ceros porque no hay dieces.

Desde que nos ponen nuestra primera bata de cuadros el primer día de colegio hasta la universidad, nuestra vida puede plasmarse en un cuadricula de notas. Del cero al diez aprendes a escribir, a leer, a sumar, a relacionarte con el resto de compañeros… Tus dibujos pueden ser regulares, tu trigonometría excelente y, además, evolucionar favorablemente en los idiomas. Eres apto para entrar en un curso y, a veces, necesitas mejorar en gimnasia. Muy bien o muy mal. Te lo dicen millones de veces al día, en cada paso que das.
Desde que naces hasta que eres adulto. No hasta que lo dice tu DNI, hasta que realmente lo eres. Y, cuando lo eres, esas constantes muestras de aprobación desaparecen. ¡¡Ay amigos!! Hay un día en el que puede que añores el 4,5 que antes te hizo odiar las matemáticas pero que, ahora, podría señalarte el camino: no vas mal Laila, pero necesitas mejorar. Porque ahora, ¿ahora qué? Ahora no hay nada…
En el mundo adulto no existen las aprobaciones. Ya nadie te las da. Ni en el trabajo, ni en casa, ni tampoco la familia. Y, sin embargo, todos las necesitamos oír. Porque nos han enseñado a avanzar según nos puntuaban nuestros avances. Nuevo avance, nueva puntuación. Pero, un día, te quitan esa puntuación y tú debes seguir avanzando ¿y cómo sabes que vas por buen camino, que tu proyecto en el trabajo es bueno, que tu relación amorosa avanza bien o que tus esfuerzos por algo alcanzan ese algo? De repente, tu cuadrícula de notas se esfuma y se vuelve una hoja en blanco.
Es una de las dificultades de crecer. No todos somos conscientes del cambio, no de inmediato, pero sí de las consecuencias. Así nacen muchas de nuestras inseguridades. Nuestros adultos; es decir nuestros jefes, parejas, amigos, no suelen manifestarse para lo positivo pero sí para las críticas. Nuestros superiores no dicen “muy trabajo hoy, sigue así, esto está muy bien” o “me gusta tu nuevo estilo”. Eso ya se da por supuesto. Pero sí manifiestan sus críticas. He ahí una de las mayores dificultades de la vida. Aprender a caminar sin que puntúen nuestros buenos pasos pero señalen nuestras caídas. Ya no hay vuelta atrás. No hay camino de retorno al cuadernillo de notas. Tampoco podemos engañar a nuestro “cuadernillo” y cambiarlo por las redes sociales. No podemos hacer que cada like, cada corazón o cada buen comentario en una foto sean nuestros nuevos aptos. Buscamos la aprobación 2.0 para poder caminar con seguridad en la vida de una sola dimensión. Pero eso no es real. No pueden puntuarnos personas que no nos conocen. Ni a nosotros ni a nuestro punto de partida en esta carrera de aprendizaje que es la vida. Las redes sociales son divertidas, curiosas y una gran herramienta de comunicación pero no de validación.
Llega el momento de aprobarnos nosotros mismos. Nadie te dice nunca cuando llega ese momento pero, si estáis leyendo esto y os corroen las inseguridades, debéis saberlo: ha llegado el momento de daros un diez (para bajar de nota siempre estaremos a tiempo) y avanzar. Y si os sentís mal un día o una semana, algo así como un dos y medio en el famoso cuadernillo, no dejéis que nadie os diga que no debéis sentiros así. Somos adultos. Somos nuestros propios profesores de la vida. Y ya sabéis lo que dicen: a cada maestrillo su cuadernillo. O algo así…

fullsizerender-2

Del otro Mobile World Congress

El majestuoso congreso ha invadido estos días Barcelona. Quizá penséis que estoy exagerando o que es una forma de hablar. No, no.. ¡Es que nos ha engullido! Seis días en los que el metro has estado atestado de ejecutivos con su ajustado traje y su inconfundible acreditación colgada del cuello. Alguien debería decirles que no abre las puertas de la ciudad, así que no es necesario llevarla puesta las veinticuatro horas del día. Incluso sin ella, señores, no hay confusión posible; ¡son del Mobile!
La ciudad se llena de sus furgonetas negras con cristales tintados. Recién salido el sol, ellos ponen las calles móvil en mano y, me consta, que también las quitan, aunque, para entonces, hayan cambiado su inseparable teléfono por un gintónic y la compañía de una señorita puede que hasta más cara que su celular.
El Mobile World Congress llega una semana al año pero trae consigo dos congresos distintos. Uno es ¡imposible no verlo! Se anuncia en cada farola y cada marquesina de Barcelona y abre sus enormes puertas a ocho interminables pabellones. Nos sitúa en el mapa. A la cabeza del desarrollo, la investigación y ¡no se cuántas cosas más! Genera cantidades económicas difícilmente imaginables y 13.000 puestos de trabajo que, cierto es, sólo duran una semana. Conste que eso no lo critico. Debemos mantener el Mobile en Barcelona pero hay cosas que cambiar y debemos cambiarlas ya. Cosas que no se ven hasta que uno no recorre sus entrañas.
Cuando recorres sus pasillos tan sólo ves trajes masculinos. Todos los ejecutivos que envían las marcas más destacadas de telefonía ¡son hombres! No se preocupen, las mujeres son cosa nuestra señores. Ya las ponemos nosotros; son ¡las azafatas! Raro, por no decir milagroso, es el stand que tiene a una mujer como directora ejecutiva. Eso sí, siempre va a recibirte una mujer con su hermosa sonrisa y, con ella, llamará al jefe para que te atienda. Me consta que ofrecemos azafatos pero las marcas no los quieren. Las mujeres son las curvas del Mobile. Y no son las únicas curvas.. Los clubs de alterne, erótica shows y prostíbulos se llenan todas las noches. Repleto el local ¡rebosante la caja! No se, quizá en otros países, lo tradicional para recibir la inspiración, sea debatir en tanga. Esa podría ser la razón de que los móviles de ahora sean tan pequeñitos.
Los hoteles más conocidos de la ciudad reservan sus mejores salas para los ejecutivos del Mobile. No os confundáis. No están reservadas para reuniones o debates. Lo están para fiestas. ¡Ojo! Aquí sí contratan a mujeres. A las mejores de hecho. A las mejores gogós, bailarinas, camareras y strepears.
Puede que, lo que no les guste sean las mujeres con traje ni siquiera como uniforme. Porque ¿sabéis dónde tampoco contratan mujeres? En el servicio de chóferes que trasladan a los representantes del hotel al congreso y del congreso, a veces, de vuelta “sólo” al hotel. Las firmas quieren hombres al volante. No deben fiarse de las manos de una mujer, al menos no guiando un Mercedes. Otra cosa es recorriéndoles el cuerpo, entonces sí. No me mal interpretes (o sí). Me refiero a dándoles masajes. En varios Spa y centros estéticos de la ciudad no puedes reservar cita esa semana porque, esos días, tan sólo están disponibles para “los del Mobile”.
El Mobile World Congress brilla muchísimo pero ¡que no os deslumbre! Porque si la industria es capaz de avanzar a pasos agigantados para presentar lo último de lo último en tecnología, aplicaciones y materiales, deberíamos exigirle a esa misma industria que avance al mismo ritmo en derechos. Que mi teléfono hable y se sumerja en el mar está muy bien pero, lo que sería realmente maravilloso, es que, la acreditación de ejecutiva también cuelgue del cuello de una mujer en el Mobile.

fullsizerender-1

Gate number in 5 minutes…

Y son los cinco minutos más largos de tu historia.. ¡Porque no son ciertos! Nunca son cinco minutos, ni siquiera diez o quince.. Es una ilusión óptica. En el panel siempre aparecerá esa cifra pero, en la vida real, en la que avanza al ritmo de las agujas del reloj ¡jamás sabremos el tiempo que deberemos esperar! Aguardaremos en el limbo del tiempo perdido y hallado en el aeropuerto.

Cuando por fin aparece la puerta de embarque de tu vuelo, tú y un atronador sentir de ruedas y maletas, os dirigís hacia ella con la ilusión de empezar el ansiado viaje pero, no resultará tan fácil como en las fotos de las ofertas de internet que os han llevado hasta la ansiada puerta de embarque.

Llegáis allí. La cinta se abre, se aprecia el avión y ¡sólo puedes puedes subir con una bolsa! ¡Sin añadir el bolso de mano! Ya sabéis, el que llevamos las mujeres con nuestro monedero, las llaves, la documentación.. Ese es el momento en que te gustaría recordarles que viajas a Amsterdam en pleno invierno y no hay forma humana de meter toda la lana necesaria para tan bajas temperaturas en una minúscula bolsa de mano y, por si fuera poca presión, añadir, además, tu bolso dentro. ¡Resultaría más fácil subir a la oveja con el bolso colgado al hombro!

Tus derechos no existen. Su avión su país. La monarquía del aparato se extiende desde la cola de facturación hasta la del embarque. La Constitución de su pequeño territorio con alas la han inventado ellos y atenta contra la mayoría de nuestros derechos. Su técnica no falla y la aplican hasta la saciedad. Su respuesta a tus peticiones es siempre la misma. Un no en cualquier mostrador a base del ya conocido “vaya usted allí”, “hablé con el responsable”, ”escriba a tal sección”… Dejando que el desgaste de recorrer pasillos acabe con nuestra paciencia y con nuestros derechos.

Recuerdo que, en mi último vuelo, no me dejaban subir la maleta de cabina y mi minúsculo bolso al mismo tiempo. En la cola de embarque la azafata no paraba de repetirme: “sólo un bulto”. Sin atender a más razones de las que, a ellas mismas, les obliga la aerolínea. Pero la paradoja hizo que, en ese mismo momento, por megafonía recordarán que sólo puede subirse un bulto y, ojo a la contradicción, ¡una bolsa del Duty Free! A ver si lo entiendo.. ¿Si compro algo sí puedo subirlo al avión junto a mi equipaje de mano porque su peso no computa y, sin embargo, mi bolso desestabilizaría al mismísimo Air Force One? Bueno, pues hecha la ley hecha la trampa. Denme una bolsa del Duty Free y meteré mi bolso dentro. No voy a ceder por agotamiento señores. Es bajo coste no gratis. Pago, luego exijo. Los pasajeros no podemos aceptar vuelos retrasados, falta de personal, restricciones sin base operativa, cancelaciones.. Cada año se pierden millones de euros en reclamaciones que nunca ponemos para evitarnos los fárragos trámites. Por eso, y por que nos han hecho creer que no tenemos esos derechos. ¡Pero los tenemos!

Todos hemos sufrido la dictadura del “cansinismo aéreo” que acaba con esa extraña costumbre en forma de carrito de ventas. Ese momento, antes de aterrizar, en el que el personal vende bolígrafos con el logo de la aerolínea, un neceser con su marca.. Y la estrella del vuelo: el modelo de avión en el que tú viajas ¡de juguete!.. ¿Será porque en la réplica caben los mismos derechos que en el aparato en que tú estás viajando?

img_4484

No contrasté el dolor pero sé que existe

Yo tenía 21 años. Ella unos ocho. Morena, delgada, con la mirada algo perdida pero una eterna sonrisa. Le costaba mantenerse en pie porque sus articulaciones estaban rígidas y, sin embargo, era capaz de doblarlas, con fuerza, para dar uno de los mejores abrazos de mi vida. Tenía ocho años y sufría el Síndrome San Filippo. Fue mi primer reportaje como becaria. Han pasado más de diez años y aún me acuerdo de ella. Muchas veces regresa a mi memoria y a mi piel. Era la primera vez que hacía algo importante en esta profesión y, entre los nervios y la inexperiencia, cometí el error de no guardarme su contacto. No he vuelto a verla pero no he olvidado sus ojos ni la dolorosa realidad que me contaron sus padres; su esperanza de vida era muy corta. Su enfermedad es cruel y ya casi tenía más fuerza que ella. Me gusta pensar que dobló sus brazos, con la dificultad de unas articulaciones dañadas, para hacerle un buen corte de mangas a la enfermedad. Pero, lo cierto es que no sé si alcanzó a hacerlo y si sigue sonriendo cada vez que mira a sus padres.
Estos días me he acordado mucho de ella. Creía verla en los ojos de Nadia. Probablemente, porque de sus ojos brillaba la misma inocencia. La inocencia que sufre pero no se queja. La inocencia que aguanta sin entender lo que pasa. La inocencia que puede robarnos a todos el corazón. Pero, alguien le robó a ella su inocencia y, al resto, su dinero. Tus padres Nadia te dañaron casi más que tu propia enfermedad y dañaron a tantos niños que, enfermos como tú, tratan de salir adelante con una sonrisa y con la esperanza que, sus padres, les llevan cada noche a su cama. Tus padres no sólo robaron dinero pequeña. Tus padres robaron algo que cuesta mucho más de recuperar; se llevaron algo que cuesta mucho más de reponer. Se llevaron la confianza. No sólo nos engañaron a nosotros, los medios, engañaron a todo su pueblo, a los padres de tus compañeros de colegio, a tus vecinos… Gente que montó partidos benéficos, imprimió papeletas, cocinó para las galas, compró tus libros.. Todo para ayudarte. Querida Nadia, hay tantos niños como tú a los que tus padres les han robado lo único que tenían: la confianza del resto. La solidaridad es el único fármaco que les queda y, la esperanza, la única cuenta a la que se aferran esos padres. Los tuyos te quieren. Creo que esa debe de ser la única verdad en toda esa historia pero han provocado un daño irreparable que mil condenas y cientos de indemnizaciones no podrán cerrar.
No tengo un ego tan grande como para que me duela más el pensar que nos engañasteis. Aunque sí, nos la colasteis a todos los medios. Pero, ni de lejos es eso lo que más me molesta. Me duelen el resto de niños. Los periodistas no contrastamos el dolor porque asumimos que existe. Lo hemos visto en otros padres. Otras familias que esperaban las navidades con más ansia que sus hijos porque, es en estas fechas, cuando llegan las donaciones. Como un regalo más, como el mejor de los regalos para centenares de asociaciones que esperan las navidades para recoger aquel dinero que deberán administrar el resto del año para que dé sus frutos: investigación.
No contrasté el dolor de tus padres Nadia porque sé que existe. Como otros padres lo sufren ahora y quizá multiplicado por el temor a perder esas donaciones. En algo no nos engañaron, la enfermedad existe. La tuya y la de muchos otros pequeños. Recordadlo y no dejéis que os roben también la confianza. Muchos siguen necesitándonos.

img_8720

A cuerpo de vestuario

He de deciros una cosa. Ser una fitness girl es muy duro. Os preguntareis si es por los madrugones para entrenar o por las agujetas del día después. ¡No! la culpa es de los vestuarios femeninos. Sí, ese reducto lleno de bancos dónde sentar la escasa dignidad humana que nos queda después de sudar, al unísono, en una clase dirigida. No es que la habitación en si sea el problema, no; el problema señoritas, somos nosotras.
En cuanto entras te das cuenta de que, da igual lo grande que sea el vestuario, los bancos que tenga ni las taquillas que haya en él porque, aunque esté completamente vacío, la chica que entre después de ti se sentará justo a tu lado y ocupará la taquilla que está pegada a la tuya. Así que, por mucho que dispongamos de 20 metros cuadrados, las dos estaremos adheridas la una a la otra, amontonando ropa en el banco para que quepa, luchando por que no se desparrame el acondicionador y turnándonos para abrir las taquillas sin acabar a codazos o con una brecha en la cabeza. Y, todo ese espectáculo circense, se llevará a cabo con una sonrisa congelada a medio camino entre la de Mona Lisa y la de Jack Nicholson en el Resplandor. ¿Por qué? ¡¡No lo se!! Sólo se me ocurre pensar que estemos ganando músculo y no seamos conscientes de nuestro nuevo volumen y de que necesitamos más espacio.
Después de la primera batalla por guardar tus cosas, llega el turno de la segunda; la de la ducha. Sales con tu toalla y, en principio, la idea es vestirse, rápidamente, con la ropa de calle. Digo en principio con mucho énfasis porque ¡¡no es así!! De nuevo, algo falla chicas. La mayoría está más de una hora desnuda mientras termina el resto del ritual: crema, batido de proteínas, crema otra vez (algunas mujeres se convierten en deslizantes) hablar con mamá, hablar con el novio, maquillarse, secarse el pelo y, ojo al dato, todo ello al aire libre. ¡Como sus honrados padres las trajeron al mundo! Y me pregunto ¿qué necesidad tengo yo de ver vuestra flor del desierto? Lo que, por cierto, me ha permitido saber que las modas en depilación están cambiando… Una pasta en láser tirado a la basura.. ya me entendéis..
Todo esto ocurre compartiendo espacio e, incluso, aliento pero ¡nunca palabra! ¡Jamás! No se cómo suenan las voces de esas chicas y, sin embargo, ¡puedo reconocerlas a todas por su monte de Venus! Siento ser tan explícita pero ya lo decía aquel programa.. No es lo mismo contarlo que vivirlo …
Y así, todos los días, una sale de esa sala con la cabeza apuntando a los pies y la vista fija en la hebilla de sus zapatos. Los ejercicios y el Pilates que hiciste para corregir tu espalda se pierde en los siguientes sesenta minutos evitando ver más músculos de los que quisieras de tus fitness compañeras.
¿Ocurre lo mismo en el vestuario masculino? Algún hombre en la sala que pueda sacarme de dudas, por favor.

img_0266

Ven..perdóname…

Ven, acércate.. Tenemos que hablar. Hace mucho tiempo que no lo hacemos. En realidad, no lo hemos hecho nunca porque ya no he vuelto a visitarte en todo este tiempo. Alguien, con mucha cabeza y más razón, me ha propuesto que lo haga. Que vuelva a buscarte y nos encontremos un rato. Así que, allá voy. Es extraño porque cuando te veo eres sólo una sombra, algo borroso.. No recuerdo el aspecto que tenía entonces, ese que tanto atormenta a un adolescente. Querida Laila, he tenido que ir a buscar una fotografía para recordar cómo éramos entonces.
No sé si he venido en tu mejor momento. Sé que no estás bien. Lo se por tus ojos. No te han cambiado nada. Cuando estás, estamos, tristes, se nos ponen chiquititos y se puede apreciar la pena escrita en el blanco que casi no se ve. Estás con tus amigas y algo te ha dañado. Lo importante no es el qué, es cuánto tiempo va a quedarse.. Y, como de tiempo, yo sé más que tú, lo hará por mucho.
Así que, mírame, a nuestros ojos, y escúchame. Deshazte de lo que sea que te haya dañado. No importa si fue real, si fue a propósito.. Tú lo sentiste y eso es lo que realmente importa. Pero, ahora, déjalo ir. Tenías razón y debiste haberlo dicho, haberte quejado, haber pedido… Eso es lo que nadie te ha enseñado. La verdad, Laila, todos lo aprendemos después cuando nos lo enseña alguien que también viene a vernos.
Eso vengo a hacer hoy yo. A decirte que puedes equivocarte y tener razón al mismo tiempo. Que nunca te sientas ni te hagan sentir pequeña. Que vales lo mucho que quieres valer. Que importas. Que eres y serás mejor. Que te quieren y quieres. Que nunca pienses en cortar lo que crees que sobra de ti porque no sobra nada y,créeme, luego, lo necesitarás. Que te quiero y que te quieras.
Querida, conviértete en alguien que te guste ser. Eso es lo único por lo que debes trabajar.
Me marcho más tranquila ahora que te lo he dicho, ahora que soy experta porque ya cometí todos los errores posibles. En realidad no, deben quedarme como otros cientos de posibles. Pero me alegra habértelo dicho. Porque a todos deberían decírselo cuando asoman los miedos de la adolescencia. Me marcho pero, ahora que sé cómo encontrarte, volveré a charlar contigo más a menudo. Porque me gustas. Sí, me gustas. Perdóname si no te lo dije antes.

fullsizerender

Duele contarlo

Lo he visto. En cada calle, en cada persona, en cada momento.. Lo he visto, el dolor. Pero no sabía contarlo.. Quizá por que a mí también me dolía. No me duele como a ellos. Sería obsceno ni siquiera pensarlo. Pero me aterraba la idea de que no sabría transmitir y cuidar ese dolor del que me hacían participe y guardián. Porque ahora sólo les queda eso. Hace unas horas tenían a su madre, a su novio, a su hija, a los amigos, la música, los fuegos artificiales…pero, ahora, sólo tienen ese dolor. Y yo tengo la obligación de cogerlo, cuidarlo y contarlo sin dañarlo, sin estropearlo…

Sabía que sería difícil. Lo pensaba de camino a Niza. Pero, por entonces, sólo pensaba en sí llegaríamos a tiempo, en dónde iríamos primero, a quién preguntaría… No se me ocurrió pensar qué pasaría con el dolor que bañaría a los muertos, los heridos, las hipótesis que ese camión dejó.

Pero, ese dolor, lo cambia todo. A mí me arrebató el concepto de periodismo que había echado en mi maleta antes de partir. Allí eres periodista; no siempre bienvenido, lo que es normal si pensamos que la muerte es lo más privado que tenemos. Pero también la primera persona a la que cuentan su tragedia. Rectifico, al primer desconocido al que se lo cuentan. Y, entonces, en voz alta, aún suena peor que en su recuerdo y todo se desborda.

En la universidad te enseñan a ordenar la información, a destacar lo importante, a redactar un titular.. ¿Pero por qué nadie te enseña a redactar, titular y ordenar el dolor? A percibirlo y a aliviarlo. No le damos importancia a los sentimientos porque el Ibex 35 no tiene, en el Congreso no se ven, la corrupción no los conoció jamás…pero sí están en los sucesos, tan denostados en esta profesión.

Y, de repente, te rodea el silencio, sólo roto por el llanto constante de desconocidos. Hay flores, velas y fotos que le ponen rostro a esa vida arrebatada que hemos contado en cifras: 84 muertos y 200 heridos. Pero, de repente, ves su foto. Lleva su traje de esgrima. Es Yanis. Tenía siete años. Una señora me había contado que  no sabía cómo contarle a su nieto que su amigo había muerto. Lo he visto. Era Yanis en su altar improvisado, con los miles de mensajes de quienes jamás le olvidarán. Yo tampoco lo haré nunca.

No he visto las fotografías de los 84 que se fueron pero he sentido el dolor de los suyos. También el de los que rezaban en la puerta de los hospitales para no engrosar la lista de muertos. B

Y me he ido. Yo he vuelto a casa y los he dejado allí. Luchando por su vida, luchando por olvidar, luchando con su dolor. Sólo espero haberlo tratado como se merece.